Confía, pero verifica
CARLOS ALBERTO MONTANER | Miami | 18 Oct 2015 - 11:32 am.
¿Cómo se lucha contra las trampas, las falsificaciones, los engaños de
las empresas, las mentiras de los políticos y funcionarios que
representan al Estado?
Acaso el único concepto de la cultura rusa que seducía a Ronald Reagan
era ese viejo proverbio: "Confía, pero verifica". El presidente
norteamericano no se hacía demasiadas ilusiones con la naturaleza
humana. La disposición a engañar, hacer trampas o a aprovecharnos de la
indefensión del otro es una triste constante en la historia de nuestra
especie.
Acabamos de verlo en el fraude cometido por el fabricante de automóviles
Volkswagen. Sus ingenieros crearon un ingenioso programa de computadora
para burlar las disposiciones oficiales norteamericanas de protección
del medioambiente. Algunos de sus autos contaminaban hasta 40 veces más
de lo permitido. No les importaba envenenar la atmósfera con tal de
ganar más dinero.
Pero la historia universal de la infamia posee mil ejemplos: desde el
gigante Enron, que maquillaba sus libros de contabilidad, hasta la
despreciable anécdota del laboratorio Turing, cuyo principal accionista
es un joven inescrupuloso llamado Martin Shkreli.
El personaje compró los derechos de una medicina contra la
toxoplasmosis, una enfermedad parasitaria que puede ser letal,
transmitida a los humanos por las heces de los gatos, especialmente
devastadora en los enfermos de sida porque carecen de mecanismos
defensivos naturales, y poco después multiplicó por 5.000 el costo de
las pastillas: de US$ 13,50 a $750, impidiendo a muchos enfermos que
pudieran curarse.
Shkreli se escudó en el argumento legal. Lo que hacía no violaba ninguna
ley y estaba protegido por el derecho de propiedad. Lo hacía porque
podía hacerlo. Era cierto. No se trataba de un delito. Era una
canallada. Tampoco debe serlo violar el cadáver de la abuela, pero no
deja de ser repugnante.
De alguna forma, el razonamiento era el mismo esgrimido por los
esclavistas hasta el siglo XIX. Los esclavos eran una propiedad y el
Estado no podía vulnerar ese derecho. Hasta que los legisladores
entendieron que sí había límites y era preciso establecerlos. Una
persona no puede poseer a otra persona, como no puede comprar los
derechos sobre el oxígeno o sobre la luz solar.
Lo que parece no tener límites es la defensa de los intereses
económicos. Los religiosos en EEUU e Inglaterra invocaban pasajes de La
Biblia con el objeto de justificar la esclavitud. Aseguraban que los
negros descendían de Cam, hermano de Sem y de Jafet, supuestamente
condenado por Noé, el padre, a servir de esclavos de los blancos.
Había razones fundadas en la ética. La esclavitud, decían, era una forma
eficaz de educar a los africanos en el cristianismo y la civilización
occidental. Vivían mejor —aseguraban— en los barracones y al alcance del
látigo de los mayorales que en la barbarie de su continente feroz y
atrasado, permanentemente acosados por las fieras, las enfermedades o el
maltrato de las tribus enemigas.
Los más sabichosos se escudaban en la seudociencia: los africanos eran
inferiores, subhumanos. Ya Aristóteles advirtió sobre la existencia de
seres concebidos para servir: los "esclavos por naturaleza". Era la
teoría racial que acabaría por engendrar el nazismo. Un diplomático
francés, Joseph Arthur de Gobineau lo había escrito a mediados del siglo
XIX en una obra que tuvo una nefasta influencia: Ensayo sobre las
desigualdades de las razas humanas.
¿Cómo se lucha contra las trampas, las falsificaciones, los engaños de
las empresas, las mentiras de los políticos y funcionarios que
representan al Estado, los fraudes de las personas que no pagan sus
impuesto, o los free riders que se las arreglan para que otros incautos
les paguen sus cuentas, muchas veces sin advertirlo?
Obviamente, con reglas claras y generales de obligatorio cumplimiento
para todos, administradas por instituciones vigilantes fuera del alcance
de la mano peluda de los poderosos, de manera que puedan preservar su
capacidad de acción.
Por eso es importante que existan contralorías, auditores y agencias
autónomas que examinen la distancia que existe entre el compromiso
contraído y la realidad. Por eso es vital que se castigue la ilegalidad
y se distinga al comportamiento decoroso, hasta que ese sistema de
premios y castigos se transforme e interiorice como valores compartidos.
Ya en el Código de Hammurabi, 2.000 años antes de Cristo, se establecía
la necesidad de pesas y medidas para evitar los fraudes de los
comerciantes. "Si los hombres fueran ángeles —escribió James Madison— no
haría falta ningún gobierno". Pero no somos ángeles.
Source: Confía, pero verifica | Diario de Cuba -
http://www.diariodecuba.com/internacional/1445119735_17563.html
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