Más se pierde en Cuba
España tiene que ir más allá de velar por unas inversiones conchabadas
con el régimen
ANTONIO JOSÉ PONTE 20 OCT 2015 - 00:00 CEST
Hay una recurrente pesadilla española en la que vuela en pedazos un
acorazado de bandera norteamericana, llegan órdenes de retirada total y
se sale de ella respirando agitadamente y con la conciencia del
desastre, de lo perdido en Cuba. De esa pesadilla hablaba en noviembre
pasado el jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, general Jaime
Domínguez Buj, al explicar la situación de Cataluña por la debilidad de
la metrópoli y recordar las pérdidas de Cuba y Filipinas.
Ahora vuelve. Puede encontrársela en editoriales de diversos periódicos
y en artículos que preguntan dónde quedará España en tanto restablecen
relaciones Cuba y Estados Unidos. Dónde quedará España en Cuba. Es el
síndrome del Maine. Nadie lo ha formulado tan claro como el eurodiputado
socialista Ramón Jáuregui (EL PAIS, 15 de agosto) al referirse a las
inversiones en la isla caribeña: "Todo está por hacer y o lo hacen los
americanos o lo hacemos nosotros".
Preguntar por la relevancia española en medio de los arreglos
Obama-Castro suele inclinar a una autocrítica narcisista, dada a suponer
que todo o buena parte del asunto dependería de gestos de España. A su
vez, esa autocrítica se traduce en lucha entre partidos: los socialistas
concluyen que, con otra política del Partido Popular, la participación
en Cuba sería ahora mayor. Al parecer ignoran que en las negociaciones
con dictaduras no hay garantías de que una causa determinada produzca
determinado efecto.
Poco podría cambiar en La Habana la entrega de un Moratinos (recuérdese
su arrobo de 2010 por un Raúl Castro emocionado ante el triunfo de La
Roja). Poco habría logrado García-Margallo de ser recibido en el Palacio
de la Revolución. Y no valdría otro encuentro de Moratinos y Zapatero
con Raúl Castro, provechoso únicamente para Zapatero y Moratinos. Ahora
mismo podría no existir la Posición Común, el PP podría incumplir
todavía más sus promesas en el tema cubano o podría gobernar el PSOE y,
pese a todo, España seguiría sintiéndose ninguneada en Cuba, negada a
aceptarse como una economía incapaz de aportar el caudal de inversiones
y créditos esperable desde Estados Unidos.
Raúl Castro es experto en dictar trabas y practica una variante propia
del verbo ralentizar: "raulentiza"
En estas circunstancias, ¿cómo puede combatirse el síndrome del Maine,
más allá del lanzamiento de bravatas a la Jáuregui? Cuando el presidente
Obama anunció su nueva política hacia Cuba, mencionó a quienes podrían
ser protagonistas del cambio: los pequeños empresarios en la isla. En la
nueva ecuación norteamericana, ayudar y fortalecer a esos actores
sociales equivaldría a empujar por la democratización del país. Este es,
sin dudas, uno de los puntos donde Washington tropezará con mayores
obstáculos, pues Raúl Castro no admite más fortalecimientos que el
fortalecimiento de su famiglia. Raúl Castro es experto en dictar trabas
y practica una variante propia del verbo ralentizar: raulentiza.
El cómo llegar a esos empresarios a pesar del régimen habrá de estar
entre las más complejas acciones diseñadas desde Washington. Podrá ser
también de las más descuidadas, junto a la defensa de los derechos
humanos. Y es en este punto donde la política española cuenta con una
buena ventaja: los más de 100.000 nacionalizados españoles que residen
en Cuba.
Gracias a las compensaciones de la Ley de Memoria Histórica dictadas
durante la presidencia de Zapatero, España cuenta con ese activo único
en la isla. Entre los más de 100.000 ciudadanos cubanoespañoles habrá
gente emprendedora y necesitada de ayuda para sus inversiones. Y, si
como recomendara el historiador y politólogo Tomás Pérez Viejo (EL PAÍS,
15 de agosto), se intentara un proyecto ambicioso y no se siguiera
cometiendo el "error de basar la diplomacia en función de las empresas",
España podría relacionar su diplomacia con la suerte de ese grupo de
ciudadanos, con lo de impulso a la democratización que supondría.
Habría, por supuesto, que persistir en los contactos oficiales. Pero no
hay dudas de que la política española tendría que ir más allá de velar
por unas inversiones como las hoy existentes en Cuba que, lejos de
ayudar a la democratización del país, funcionan conchabadas con el
régimen para violar los derechos más elementales de sus trabajadores.
Antonio José Ponte es escritor y vicedirector de Diario de Cuba
(www.diariodecuba.com)
Source: Apertura en Cuba: Más se pierde en Cuba | Opinión | EL PAÍS -
http://elpais.com/elpais/2015/09/04/opinion/1441359451_723781.html
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