lunes, 9 de junio de 2014

El primer destinatario

El primer destinatario

MANUEL CUESTA MORÚA | La Habana | 9 Jun 2014 - 9:20 am.



Buenas intenciones y varios errores: la Carta Abierta de 40

personalidades a Barack Obama solicitando la flexibilización del embargo

debió enviarse, primero, a Raúl Castro.



La Carta Abierta al presidente Barack Obama firmada por 40 prominentes

personalidades en los Estados Unidos desata y actualiza, una vez más, el

debate sobre las relaciones Cuba-Estados Unidos. Su intención general es

loable y la suscribo en su concepto de que el acercamiento entre países

que se han autopercibido y actúan como enemigos es una buena apuesta

para lograr cambios detrás de las fronteras del conflicto. Cuba y la

armonía geoestratégica en el hemisferio occidental lo demandan.



En tal sentido la política no es una táctica, el movimiento en el

tablero de determinadas piezas con el fin de lograr un fin estratégico,

sino un desplazamiento en la visión de cómo reestructurar las relaciones

entre dos países que se han entendido muy mal durante más de medio

siglo. Aquí la estrategia se convierte de por sí en la táctica.



Pero percibo un error en el orden de los destinatarios. El primer

receptor de una misiva de tal naturaleza debió ser el presidente

designado Raúl Castro, no el presidente electo Barack Obama. Y por una

razón que en la carta se esgrime: el Gobierno de Estados Unidos ya ha

dado pasos en la dirección descrita y deseada por amplios sectores. La

duración de estos cambios (seis años), su magnitud (una gama amplia de

recursos, sectores y segmentos) y su profundidad (un espectro de

personas que exceden los tradicionales vínculos familiares) habrían sido

más que suficientes para que la sociedad civil hubiera salido ya de la

zona económica de taxeo, en lo que a ayuda desde Estados Unidos se

refiere, despegando hacia las primeras alturas donde el vuelo adquiere

fuerza y estabilidad.



Si la sociedad civil, en lo que toca a la economía —en una concepción

típicamente hegeliana de lo que también puede ser la sociedad civil― no

cuenta con un tejido más o menos sólido, se debe a la idea restrictiva

que de la economía civil tiene el Gobierno cubano. La precariedad de

esta economía no se explica por la insuficiencia de recursos diversos

provenientes del exterior, sino por la construcción deliberada de un

modelo subdesarrollado de sociedad civil en el que las clases medias, el

emprendimiento y la inversión no tienen espacios.



No cabe pensar entonces que los incipientes sectores económicos

independientes en Cuba son débiles por falta de recursos. Lo son por la

limitación conceptual de las reformas. De modo que lo necesario en Cuba

es que el Gobierno acabe de hacer una profunda reforma en la zona de lo

prohibido para que se haga la luz en economía.



De ahí nace el segundo error en las buenas intenciones. Y como dice el

proverbio, el demonio está en los detalles. No hay sintonía entre el

propósito y las herramientas que se proponen en la Carta Abierta con las

condiciones reales en el terreno. Para ser receptor de importaciones,

créditos y servicios; al mismo tiempo que emisor de exportaciones en

Cuba se requiere una reforma, sea de hecho, sea legal, que permita al

sector privado operar en el ámbito del comercio y el crédito

internacionales. Las licencias que podría otorgar el Departamento del

Tesoro no tienen alcance sobre la legislación cubana, ni compatibilidad

con los cambios producidos; tampoco capacidad para producir vuelcos de

mentalidad en el Consejo de Estado en Cuba.



Todo proceso político de reciprocidad exige una lógica interna que haga

efectiva las acciones probables de una agenda política: solo después de

eliminado en Cuba el permiso de salida, tiene sentido el otorgamiento de

visas de entrada y salida a Estados Unidos por cinco años. Y el impacto

políticamente potencial de esta medida no ha sido calibrado en su

magnitud. Primero Cuba, luego Estados Unidos.



Averiguar por el no lugar del pequeño sector privado dentro de la Isla

en la reciente Ley de Inversiones Extranjeras sería un buen dato para

saber que se requiere una reforma que antes le confiera a aquel

capacidad legal para endeudarse con bancos norteamericanos. No se trata

de cantidad sino de cualidad. Y la cualidad del proceso está en La

Habana, no en Washington.



Quienes apostamos por el soft landing necesitamos toda la finura posible

en el diseño estratégico porque corremos el riesgo de ser acusados de

cínicos. La apuesta no puede ser meramente retórica si queremos impedir

la deflagración total de la agenda del diálogo y el acercamiento. Ya

hubo una incursión fallida de la jerarquía católica cubana por las

arenas de la política, que le agotó prematuramente su fuerza de

interlocución, parece que también su credibilidad, frente a diferentes

actores de la realidad cubana. Y de muchos que son serios en la arena

internacional.



La lección es que si el menú de buenos propósitos no se corresponde con

el análisis evidentemente objetivo de los hechos, es imposible obtener

resultados estructurales y de mediano plazo como efecto de la aplicación

real de las opciones propuestas. Quienes creemos en la apertura y el

diálogo tenemos más exigencias que aquellos que confían en las opciones

de acoso y derribo. Ante el fracaso estos pueden aducir que les falló la

puntería. En el mismo escenario nosotros tendríamos que defendernos en

tres terrenos: nuestra condición ética, nuestra cabeza política e

intelectual y nuestra integridad psicológica. Unos desafíos que

descarrían a las mejores mentes.



Los hechos en Cuba son brutalmente antieconómicos. El Gobierno acaba de

enviar un mensaje en la frontera a los miles y miles de agentes

económicos individuales que, provenientes en lo fundamental de Estados

Unidos, sostienen la cadena alimenticia del sector privado,

advirtiéndoles de que se les decomisarán los bienes que importen sin

justificación filial. Un ciudadano está corriendo el peligro de ser

incluso juzgado y condenado a tres años de privación de libertad por

introducir en el país 150 memorias flash. Puede que no tenga 150

parientes en la Isla.



Y parece cada vez más evidente, en otra orientación del análisis, que la

autonomía de los actores económicos no impacta necesariamente en el

terreno de las libertades civiles. Más axiomático aún, que solo la

combinación entre Estado de derecho y sociedad civil puede generar

condiciones, garantías y confianza para el progreso de cualquier agenda

económica. El punto de partida de cualquier crecimiento del bienestar

económico está inicialmente en la sociedad civil, no directamente en la

economía. Sociedad civil y Estado de derecho son las dos inversiones

extraeconómicas que más potencian la economía de una nación: le

proporcionan estabilidad en todos los plazos y acumulación sostenida de

capital para la reinversión en el conocimiento y el desarrollo. Todos lo

sabemos: solo son productivas las reglas del juego que son claras e

iguales para todos.



La Carta tiene, no obstante y entre otras, una virtud que me gustaría

ponderar. Identifica a los sectores que ciertamente le dan vitalidad

económica a una nación, incluso en los mismos Estados Unidos: la pequeña

y mediana empresas, que son la base medular de las clases medias. Ello

desinfla la noción de un Estado incapaz de comprender las reales

potencialidades y dimensiones de la economía cubana, que le ha dado por

la pretensión de jugar con los grandes conglomerados económicos, con las

maldecidas transnacionales, y que cree puede ofrecerle algo, de igual a

igual, a un Warrent Buffet, a la Texaco o a la Halliburton.



De ser satisfecha tal pretensión supondría un golpe de autoridad y

prestigio económicos que no se corresponde con el historial del

Gobierno, y llevaría a fortalecer corporaciones y oligarquías nacionales

sin justificación en las condiciones naturales y primarias de la

economía cubana: la magnitud de los recursos petroleros, minerales,

agrícolas, o de cualquier índole, no dan para fundar emporios naturales

en la estructura socio-económica del país. Nuestros potentados son meros

rentistas con afiladas herramientas de extracción, innecesarios para la

fluidez de la economía. En Cuba ni los marqueses ni los monopolios

promovieron la riqueza social.



Eso traduce una comprensión de nuestra realidad económica por parte de

los promotores de la Carta que merece ser compartida con la elite de

poder cubana. Las transnacionales no son imprescindibles para nuestra

reconstrucción. Somos tan débiles que una sola empresa de escala puede

acabar con un proyecto de país.



En otras palabras. No hay justificación económica —¿dónde está nuestro

esquisto?— para prolongar una dictadura con capital norteamericano. Una

ironía si las hay.



Lo que me provoca una última reflexión. A diferencia de otras regiones,

ningún actor democrático cubano debería nublar la dimensión moral del

cambio. Los reajustes del poder han generado en Cuba dos sectores

duramente marginados: quienes han perseverado en la inventiva económica

y quienes han insistido en las libertades políticas; en conexión tanto

con el resto del mundo como específicamente con Estados Unidos. No

habría en nuestro caso ninguna consistencia moral si la incorporación de

la elite cubana a la realidad global no pasa simultáneamente por la

incorporación de toda la sociedad, empezando real y simbólicamente por

quienes fueron históricamente marginados. Y el Gobierno de la Isla

insiste en exportar marginados económicos y marginados políticos. Ni

Barack Obama ni ningún presidente norteamericano puede impedir estas

derivas del fracaso.



Pero no podemos olvidar, en cualquier aproximación, que hay maneras no

violentas de hipotecar el futuro. Una de ellas es reintroducir una

fractura moral en el mismo espacio donde se introdujeron múltiples

fracturas nacionales.



Source: El primer destinatario | Diario de Cuba -

http://www.diariodecuba.com/cuba/1402298442_8956.html

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